Confesión de viernes

Detesto la expresión escrita de “OK”. Me doy cuenta que mientras más pasa el tiempo, menos la tolero. Confieso que yo misma la uso. Una vez le doy al botón ‘enviar’, siento un cosquilleo que me aprieta la garganta. Creo que son las dos letras atoradas sin saber si salir o dejarse caer. Y puedo afirmar sin sonrojarme que un “OK” denota desidia y es un fracaso del lenguaje. En los tiempos que corren ahorramos palabras para poder gastar más tiempo viendo videos. Escuchamos más y escribimos menos. Y echo de menos ese garrapateo de las palabras haciendo nido o subiendo y bajando, transportando emociones. Me gusta como suena un: “estoy de acuerdo” o un “no, no me gusta”, o incluso “¿Podíamos hablarlo más tarde?” por encima de un “OK”. Este último me parece aparte de insípido, que cultiva un carácter pasivo-agresivo. Algunos pueden afirmar que es una alternativa al nítido “Sí”. Pero a mí me parece que el “OK” como respuesta a una pregunta (no como medida para confirmar un reconteo de mercancía o los inventarios de una bodega), arrastra consigo una especie de resignación. Quizá he recibido y dado muchos de esos y por eso me parece que conllevan esa carga. Pero tengo que la certeza de que ese “OK” es una afirmación con los lentes rayados. Así que aquí seguiré evitando entornar los ojos cuando lo leo, e ignorando las punzadas de la “K” al clavarse en una de las paredes del esófago. Pero sobretodo me seguiré negando a normalizarlo y aceptarlo llano y prístino, porque no lo es. Ya bastante tenemos en esta vida con normalizar las actuaciones de tantos políticos irresponsables y mediocres, como para que renunciemos a la riqueza del lenguaje.