Traspaso de límites: bilingüismo

“Los límites de la lengua son los límites del mundo”, sostenía el filósofo Ludwig Wittgenstein. Y yo me pregunto ¿qué pasa cuándo hablamos en la cotidianidad más de una lengua? Los límites se traspasan pero no deja de ser una coreografía. El mundo se lee en diferentes idiomas, y cada idioma trae unas realidades inmediatas que acrecientan o atenúan las urgencias de otros temas en los diferentes idiomas.

Me sorprendo a veces cuándo al escribir en español, una palabra terca (y a veces también una frase) llega con un ímpetu, con tal vitalidad que es imposible darle espacio a su correspondencia en español para mantener la unidad. No se trata de la comodidad de usurpar palabras de otro idioma solo para mantener el fluir  ni para demostrar una amplitud de mundo que no viene al caso. Se trata de un efecto cerebral curiosísimo, donde la precisión de la lengua se ve limitada ante la imposibilidad de comprimir un significado en un verbo en esa lengua. Entonces, a veces las palabras o las pequeñas frases del otro idioma toman el comando. Ordenan al cerebro las ideas y le dan una estructura que solo ese cerebro entiende.

A veces puede ser también frente a la falta de conocimiento previo de objetos. Por ejemplo, me acuerdo de una compañera del curso de idiomas. Se llama Yamile y era cubana. Llevaba 11 años más que yo en este país, y aunque hablaba con mucha más fluidez que yo, tenía grandes vacíos gramaticales. Nos encontramos en un curso avanzado. Yo ya volaba con la gramática, pero hablar no era lo mío. Balbuceaba con la torpeza de niña monolingüe tartamuda de 2 años. Una mente inquieta en boca de una mariposa. Así me sentía. Pero el asunto es que Yamile que sí hablaba un buen alemán callejero porque se rebuscaba la vida y porque se había casado con un alemán para dejar la isla donde era bailarina del Copacabana, se enfrentaba al reto de sostener una conversación en español fluido. Todo, porque como en su isla faltaban tanto elementos normales en la vida moderna, ella los conoció primero en alemán. Me contaba una vez muerta de la risa que se le había perdido el “Fernbedinung” (el control remoto) mientras hablaba por teléfono con su mamá, aún en Cuba. Así que en medio de la conversación le dice: “Chica, yo aquí buscando la “Fernbedinung” pero tú ¿qué crees? No la encuentro”. Pero la conversación se tornó más compleja cuando tuvo que explicarle a su mamá que  el dichoso aparato que ella no encontraba en el sofá de su casa,  servía para cambiar de un canal a otro, sin necesidad de levantarse a darle vueltas o a mover la antena para que entre la señal.  Yamile me decía que ni en un millón de años hubiera encontrado la palabra en español para el control remoto, porque cuando vivía en su mundo hispanohablante esos aparatos no existían en su entorno inmediato. Así que le tomó un buen tiempo explicarle a su mamá las virtudes del control remoto, porque eso parecía magia de otras tierras. Y las historias de Yamile se sucedían así: salpimentadas de palabras en alemán de cosas que para otros podían ser obvias, como una tostada o una aspiradora.

Pero no se trata de estas carencias materiales solamente. Se trata de la intromisión de expresiones sin equivalentes. Por ejemplo el Zeitgeist (En español: el espíritu de la época). A mí me parece que la palabra goza de un arrebato, que solo es posible dentro de la precisión del alemán. Elimina artículo y preposición.

Y voy más allá, porque me parece que la vida bilingüe expande la mirada más allá del ombligo. Al fin de cuentas toca salir de uno mismo para meterse en esa nueva piel de la cotidianidad en lengua extranjera. Y eso sobrepasa los vocablos y la gramática. De repente, el cerebro requiere ciertas pausas y una nueva escaleta para que las frases tengan sentido. No se convierte nadie automáticamente en un mejor ser humano por hablar otro idioma, pero creo que la vida en dos idiomas tiene sus ventajas a la hora de expandir los horizontes de la mirada.