Barquitos de papel que se hunden en el mar

Desde que se puso en marcha el concepto de estado-nación, se aumentó la necesidad de tener un mayor control fronterizo. Es muy humano dividirse en castas, grupos sociales, pueblos, razas. Y aunque no es lo ideal, si es la norma.

Contrariando esa lógica, los estados-nación de Europa decidieron desdibujar -hasta cierto punto- sus fronteras internas en el denominado espacio Schengen. Así floreció la economía de bienes y servicios, los intercambios culturales. Esto último fortaleció la identidad europea de los ciudadanos.

Un oasis de privilegios es el continente europeo comparado con sus vecinos: África siempre saqueada, empobrecida y marcada por la desigualdad y la falta de oportunidades. Los Balcanes, aún en los últimos hervores de sus guerras sesionistas.

Un continente que florece y que se vuelve víctima de su riqueza. Ahora está prohibido rescatar humanos que flotan en el Mediterráneo por parte de embarcaciones humanitarias. Dicen los europeos que es para desincentivar el tráfico humano. Pero me parece más una derrota humana. Una de esas que valora la vida a partir  de la cuna. En unos países depende del dinero (y se llama clasismo), en otros del origen étnico (y se llama xenofobia o racismo).

Hay una deuda moral, económica y social con esos migrantes que arriesgan su vida por huir de guerras con armas que ellos no se inventaron, para apropiarse de recursos minerales de los que ellos no se benefician. Hay una deuda con los ahogados del Mediterráneo porque “no son nuestros”. Los capitanes de los barcos humanitarios son castigados, perseguidos y sus embarcaciones embargadas. Gente que sigue sus convicciones y que los mueve un altruismo en tiempos de egoísmo.

Los voluntarios de estas expediciones, los capitanes de las embarcaciones y las ONG que trabajan por impedir las muertes por ahogamiento en el mar de otros seres humanos deberían estar recibiendo apoyo y no ahogándose en problemas jurídicos.