¿Por qué mi país le teme a los bienes públicos?

Espero que no vengan buscando respuesta aquí. Yo no la tengo, lo digo de entrada para no crearles muchas expectativas.

Pero la pregunta no me suelta.

No entiendo por qué el alcalde de Bogotá se opone a los árboles, al humedal (que conserva los restos del bloque nativo de la Sabana) y a un sistema eficiente de transporte llamado Metro que no solo es más eficiente en el transporte de pasajeros sino que además contamina menos que el diesel de los buses del Transmilenio. Con envidia y anhelo miramos lo que acaba de suceder en Quito. Desde la capital del antiguo Reino de la Nueva Granada se nos salen los ojos de las cuencas ante este avance de los hermanos ecuatorianos.

Desde la Presidencia nos bombardean con proyectos inocuos, retrógrados y desgastantes que no nos permiten avanzar para ser una sociedad progresista. Solo por nombrar algunos ejemplos: penalización de la dosis mínima mientras en Canadá, Uruguay y algunos estados de EE UU la marihuana es hasta legal. Reabrir la discusión con el tema del aborto, incluso hasta en sus tres causales mí-ni-mas, a pesar de que Chile (país aparentemente más conservador, ya las aprobó), regresar a la guerra y desconocer los derechos de los reclamantes legítimos de tierras. Pero quizá lo que desborda la imaginación e indigna más es la negativa a apoyar el sistema público de educación (y eso que no quiero decir nada del de salud, por falta de espacio).

Tuve la fortuna de cuna de poder estudiar en una universidad privada en la capital. Un regalo que aproveche, y por el que me esmeré (que sin duda lo pude haber hecho mejor, sí) a pesar de las dudas de la juventud sobre el camino que había escogida como carrera profesional. No tuve que pasar dificultades, tenía plata para las fotocopias (un estudiante colombiano, sabe de qué hablo), para el transporte, para solventar mi vida y darme incluso gustos. Para mi mamá y mi papá, la educación de sus hijos era una prioridad de la vida: “es lo único que de verdad les queda”, repetía mi papá…. y no sin razón. Todo pasa. La vida da muchas vueltas: algunas de ellas son triples saltos mortales sin previo aviso, pero la educación estaba ahí para relativizar las cosas, para suavizar las caídas, para hacernos levantar: una y otra vez. Yo tuve esa fortuna. Pero eso no es la norma.

Colombia, el país más desigual del hemisferio occidental. Incluso creo que superamos a Haití, con el que nos disputábamos ese doloroso primer puesto. Ahora es nuestro. Y nuestros dirigentes, empecinados en la economía naranja (lo cual celebro y aplaudo) desconocen que la misma necesita altas dosis de educación. Que para que por fin la “malicia indígena” se convierta en el motor de la industria creativa, se necesita darle a los jóvenes las herramientas. Y ese kit de la vida se llama formación profesional. Bien sea a nivel técnico o universitario. Todos deberíamos tener y velar por ese derecho universal.

La educación nos hace libres, nos libera de las cadenas del pasado, nos abre nuevos mundos, nos presenta perspectivas. La educación no termina cuando podemos sumar 1+1 o podemos entender que la palabras más larga del español “esternocleidomastoideo” es un músculo o que el teorema de Pitágoras sirve para medir la altura de un edificio a partir de su sombra. No. No es esa acumulación de conocimientos la que nos hace libres, para eso ya está wikipedia o google como aquellas grandes bibliotecas de la humanidad con las que soñaba Borges. Lo que nos hace libres y creativos, es la capacidad de ser críticos con el conocimiento, de cuestionar a quienes nos quieren imponer la ignorancia como estilo de vida, de cuestionar el estatus quo de las cosas para encontrar que detrás de una palabra o de una fórmula matemática se abre un mundo infinito de posibilidades de transformar objetos, de moldear la realidad. Sin conocimiento no tendríamos desde una puntilla hasta una sonda espacial.

Y entonces viene otro asunto tan público como la educación: el erario. ¿Quién autorizó a nuestros senadores, congresistas, alcaldes, gobernadores, ministros y presidente a disponer de los lotes baldíos, de los impuestos que pagamos los habitantes de un país para que los usen como tarjeta sin límites para financiar sus caprichos personales?

Por eso es que me pregunto, ¿qué pasa en mi país para que se desprecie de tal manera lo público? ¿Para que se roben un hueco y reemplacen libros por armas? Pienso que el temor a lo público proviene de la ignorancia supina. Es decir, de aquella falta de conocimiento que se desprende de la negligencia.

Mi país alimenta el mito fundacional de la conquista y colonización, donde el egoísmo salvaba de la pobreza al migrante español en tierras americanas. Un asunto que llevamos en el ADN, y que vive en estado de alerta porque aquellos políticos abusivos (los que hacen leyes y velan por los recursos públicos, por favor no se sientan aludidos) nos viven recordando que el bolsillo no tiene fin, y que quien no defiende su privilegio de cuna se verá obligado a caer en la pobreza, sin malla de seguridad. Para más INRI creemos que el bien supremo de una sociedad es el modelo estadounidense con su falta de cobertura médica, sus exenciones tributarias para ese porcentaje de la economía, que por el contrario podría pagarlo, y su falta de solidaridad colectiva.

Todo lo público nos huele a comunismo. No solo somos ignorantes, sino que además lo exhibimos sin complejos. Invertir en educación para todos no es comunismo. It’s the economy, stupid! diría el estratega de la campaña de Bill Clinton. Es la educación la que mueve la economía, y es la economía (bienestar, empleo, etc.) la que le importa al grueso de la población. Nadie vive del aire, que yo sepa. O si no que lo digan todos esos países que le apuestan a la gratuidad de su sistema educativo, y que si quieren pueden refregarnos en la cara su base industrial, sus altos ingresos per capita y su capacidad de innovación. No hay economía naranja si no sabemos que hacer con las naranjas que se caen de los árboles y se pudren en el piso.

 

Foto: una estación cualquiera de la Línea 8 del metro de Berlín… no se ven ni ratas ni mendigos ni ollas como quiere hacerlo creer el alcalde de Bogotá.